Portbou forever, un verano más

Roser Amills/ agosto 30, 2007/ Columnas opinión, Personal/ 0 comentarios

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Cuando los primeros turistas del norte de Europa llegaban a España, a finales de los años 50, la primera localidad más allá de los Pirineos que se encontraban era la población fronteriza de Portbou, y quedaban impresionados por el sinuoso relieve que recorre esta abrupta costa, su playa de cantos rodados… pequeños y bellísimos entrantes de la costa. un campo de fortificaciones republicanas, franquistas, alemanas, nacidas del miedo y el ardor totalitario de la época ya pasada en el calendario pero aún muy presente.

Portbou también debe parte de su singularidad a su estación de tren, clave para las comunicaciones entre España y el resto de Europa, y de una belleza extraordinaria.

Y en esa estación, al más puro estilo Casablanca, el tiempo de espera que se producía a causa del cambio de ancho de vía entre los dos países favorecía un ambiente fronterizo de agradable paseo por esta pequeña localidad, con una población hospitalaria, tranquila y alegre.

Los tiempos han cambiado, pero la hospitalidad sigue siendo evidente en Portbou: a lo largo del paseo de la playa las cafeterías y los restaurantes atraen a una gran cantidad de turistas durante el día, pero turistas tranquilos (familias, soñadores y despistados).

Como la frontera con Francia está muy cerca, además los visitantes galos pueden todavía disfrutar de algunos productos a precios ventajosos entre Francia y España: alcohol y tabaco, sobre todo. Y el viernes es el día de mercado.

En la playa uno puede ver los barcos clásicos catalanes, antiguamente utilizados para la pesca, que hoy salen de paseo tripulados por los veraneantes: son los pequeños y panzudos “bous” a los que Portbou debe su nombre.

Los lugares fronterizos tienen a menudo una historia especial, y Portbou no es ninguna excepción. En 1940 la ultima batalla de la guerra civil española tuvo lugar muy cerca del pueblo y ese mismo año fallecía el filósofo e historiador de arte alemán Walter Benjamin.


La muerte de Walter Benjamin (Berlín, 1892), filósofo, crítico de arte, ensayista, políglota, traductor… el 27 de septiembre de 1940 en el hotel de Francia de Portbou sigue siendo un misterio: llevaba siete años de exilio y ahora viajaba de Francia a España con la idea de tomar desde la península un barco a EEUU (saldría en barco desde Lisboa. Pero nunca lo logró), y su intento de huída de los nazis se vio truncado cuando las autoridades españolas le pillaron.

Como ya conté el año pasado (es mi adorado pequeño viaje anual preferido) en “A ver qué nos cuenta Portbou”, antes de ir al hostal, el prófugo Benjamin se presenta en la aduana de Portbou.

Allí las autoridades franquistas le comunican que dispone de 24 horas para abandonar el territorio español, y le dejan pernoctar bajo la estrecha vigilancia de tres policías, que tienen órdenes de deportarlo a Francia a la mañana siguiente. Llevaba visado norteamericano y su amigo T. Adorno le estaba esperando en Nueva York, pero para las autoridades franquistas eso no tiene importancia: Benjamin es un problema, y a nadie le agradan los problemas, ¿no es así?

Esa noche, el 26 de septiembre de 1940, en una fonda del centro de Portbou llamada hotel de Francia, hoy Casa Alejandro; especializado en paellas, según reza el cartel, aterrado por la posibilidad de caer tras tanto viaje en manos de la policía alemana, Walter Benjamin el melancólico, que se había sentido atraído por el suicidio en varias ocasiones, murió.

“En una situación sin salida no tengo más opción que ponerle fin. Será en un pequeño pueblo de los Pirineos en el que nadie me conoce donde mi vida se acabará. Le ruego que transmita mis pensamientos a mi amigo [el filósofo Theodor] Adorno y le explique la situación en la que me ha encontrado. No me queda tiempo suficiente para escribir todas las cartas que me hubiera gustado”. Esto es lo que dejó escrito para la historia una mujer, Henny Gurland. Esto es lo que ella afirma que le dijo Benjamin en sus últimos instantes (¿enfermo del corazón?, ¿exhausto?, ¿vigilado, quizá?). “Benjamin me confesó que la víspera por la noche, hacia las diez, había ingerido grandes cantidades de morfina y que yo debía tratar el asunto como una enfermedad. Me entregó una carta para mí y para Adorno, y luego perdió el conocimiento… Llamé a un médico, que hizo constar derrame cerebral”, lee el historiador Rolf Tiedemann.

Así, ella es uno de los pocos testigos (algún que otro lugareño también vio algo, pero no quisieron hablar…) que quedó de la agonía de Walter Benjamin. De su testimonio, y del hecho de que el pensador alemán mostrase su deseo de morir en 1932, nació la versión oficial, la del suicidio. Versión que no todos comparten. ¿Quién sabe? Una factura de hotel a nombre de Benjamin resume los gastos de su trágico paso por Portbou: un total de 166,95 pesetas. Así desgranado: “Cuatro días de habitación, cinco gaseosas con limón, cuatro conferencias telefónicas, farmacia, vestir difunto, desinfectar, lavar colchón, blanquear”. El doctor Vila firma el acta de defunción, el 27 de septiembre. Hay también un recibo médico: “75 pesetas por cuatro visitas, inyección, toma de presión arterial y sangría al viajero don Benjamin Walter”.

Tras su muerte se creó la sociedad Walter Benjamin en Frankfurt en memoria a uno de los filósofos más importantes del siglo 20. Existe junto al pequeño cementerio donde está enterrado Banjamin un monumento conmemorativo en Portbou obra del prestigioso artista Dani Karavan – como Benjamin de fe judía – que permite acercarse a la situación de amenaza existencial vivida por los emigrantes en el siglo XX.

“Perderse en una ciudad como se pierde uno en un bosque requiere de una educación”, dejó escrito Benjamin. Y en su “Libro de los pasajes”reflexiona sobre la figura, tan parisiense, del flâneur, ese flanear, vagar por las calles, callejear sin rumbo, sin objetivo, y sumirse en un estado inexpresable, salpicado de sentimientos y emociones imprecisas.

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