Querido Antonio Beneyto (carta de 2011)

Roser Amills/ octubre 28, 2019/ Clipping, Columnas opinión, inspiraciones/ 0 comentarios

Querido Antonio:

Recuerdo hoy el día que me contaste que estabas rodando una película. Fue en primavera. Una que ya se estrenó el pasado otoño y que iba a contar tu vida artística. La del pintor que te habita, la del escritor con quien compartes piso y cuerpo y experiencias, la del escultor que desmonta aburrimientos, la del postista que no envejece y su relación con el mundo, un mundo que sí envejece y cada vez más rápido.

Me pareció maravilloso que estuvieras embarcado en semejante aventura y la imaginé de muchos colores. Me hablaste de la casaca japonesa y roja y azul, del barbero de tu barrio y sus frascos de colonia, de Pere Gimferrer, de la ciclista bella, del portalón de tu estudio.

Después vinieron las informaciones extra: había ideas tuyas, intuiciones, acciones espontáneas que no iban a entrar en la película y aquello te había contrariado. Pero más nos contrarió a algunos saberlo.

Esa marea tuya que sube con regularidad y que te lleva de la concentración ceñuda al salto acrobático no era fácil de controlar y fue desestimada la propuesta más divertida que he oído de un artista vivo actual. Tantos años de revolución sexual, de apartar prejuicios y mojigaterías, superado el franquismo, superados el analfabetismo social y la falta de comunicación con el subconsciente, con el cuerpo, con los instintos… y hete aquí que quienes se supone que te hacen un homenaje lo que hacen es limitarte y hacerte comulgar con ruedas de molino.

“No seas tan Antonio Beneyto… que nos asustas”, parecían decir, sin hacerlo de forma abierta y a eso se le llama saber estar. Y tú elegiste ser educado, estabas observando. Se lo contaste a muy pocas personas, que a duras penas se dieron por enteradas. Nos tenemos muy merecido tu silencio al respecto.

Pero cuéntame lo que opinas tú, anda. Te lo digo en serio; tengo entendido que uno a partir de los sesenta se vuelve casi sincero del todo y por eso mismo vuela mejor tu imaginación ahora que cuando eras un veinteañero y hacías cosas mucho más arriesgadas. Cuando se habló de cómo representarías tu arte en pantalla no te cortaste y menuda acogida ha tenido eso en esta película en concreto.

Recapitulemos. Habías propuesto, como protagonista y generador y motivo principal de ese film que iba a contar cómo, quién y qué, dónde y cuándo tu obra… habías propuesto que te dejaran escenificar una travesura que se te pasó por la cabeza en un momento del rodaje.

Querías desnudarte para pintar como un animal extraño. Y hasta ahí te dejaron, no más: un rato de desnudo iba a poder ser. Eso sí, con cuidado.

Pero ojo: luego querías también fornicar con tu compañera de escena, artista ella también, y embadurnaros de acrílico y tocaros las intimidades. Y eso sí que no. Fue censurado.

No es que lo cortaran. No es que esa escena, como otras que sí se grabaron, quedara en un cajón después de filmarla. No. Es más complejo. No fue y punto.

Y yo me pregunto por qué no llegaste siquiera a intentarlo aunque te dijeran que no. Si tu compañera de reparto quería, si le parecía bien cuando se lo consultaste, si tu arte es también eso y ambos estabais de acuerdo en todo. Lástima.

La película de un artista vivo debería ser eso, una muestra del arte tal y como el artista es cuando es artista completo, un ejemplo que enriquezca a los que venimos detrás, sobre todo cuando es el fruto de muchos años de trabajo, de muchas vivencias y peripecias, de haber recorrido mucho mundo con tu vitalidad tan genuina, con tus bolsillos tan vacíos de tonterías, ésa que no se puede interpretar, que es o no es, ese desvergonzado tumulto de fantasías que tú manejas, artista hecho a ti mismo fidedigno y sincero y ya tan de vuelta de tantas poses.

Y si hacer el amor en pantalla era tu plan para expresarte de veras en la película que pretende expresarte, no veo dónde estaba el problema. Habías cumplido con todo, qué menos que obtener la porción de libertad que te corresponde: te prestaste a seguir el guión que habían escrito otros para interpretarte a ti mismo, colaboraste durante semanas sin dar problemas, diste la cara y tus amigos siguieron religiosamente el guión por la amistad y el respeto que les une a ti. Pere Gimferrer, las muchachas de la calle Rull, Jaime Parra, el barbero…

Sin embargo, al equipo que se encargaba de aquella película les apetecía más tenerte de actor a secas. Lo de Beneyto fornicando como parte de la historia no quedaba bien, superaba las expectativas o qué sé yo.

Por el qué dirán, quizás. Porque la película podría ser clasificada X y retirada de festivales y salas de cine. Porque no se les había ocurrido a ellos. Porque en una película protagonizada por ti no podías ser el artista que eres, no, sino el que ellos necesitaban para una película sobre ti.

Sus razones son tan razonables que no puedo entenderlas. Lo desdeñaron. Fueron cobardes. Acaso todos seamos así. No lo sé. Lo que sé es que tú no, y de ahí mi sorpresa. Porque eres más misterioso en persona (como quizá lo seamos la mayoría) de lo que aparentas ser en la gran pantalla cuando te convierten en la película de lo que eres y es una lástima, insisto, y encima casi lo quieren llamar documental.

Menos mal que lo que sabremos de ti no dependerá de esta película, sino de tus símbolos, escritos y dibujados en las paredes, en los abanicos, en las guardas de los miles libros que has leído, en los cuerpos que se han acercado a ti… Menos mal que en tu obra sí te desnudas cuando te da la gana y fornicas y viajas y descansas sin que nada ni nadie te haga interpretar ningún papel.

Todavía me resulta incomprensible. Que no lo supieran ver. Pero, sobre todo esto, ni una palabra, esta película es bonita y algún día, con un poco de suerte, habrá más.

Tuya en lo que se puede,

Roser Amills Bibiloni
Barcelona, abril 2011

Roser Amills y Antonio Beneytoantonio beneyto por roser amillsantonio beneyto retratado por roser amillsroser amills merienda mágica en el estudio de Antonio Beneyto - 397796824143

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