Columna · 1 de febrero de 2011
Me siento en la terraza del Zurich y abro la caja. Sale a la luz del día, helado, una máquina de escribir con todas sus teclas, su cinta de tinta negra, barra espaciadora, clink clink clink del carro. Los camareros del Zurich la aprecian, «hacía tiempo que no veía una de éstas», y en los descansos entre cliente y cliente se acercan a echar un vistazo. Hace sol, las bocas de metro son un hervidero de prisas, voy despacio para escribir lo que quiero escribir frente a las Ramblas, mi vecino de mesa me cuenta que él tiene una cámara de fotos analógica. Tres horas de párrafos mecanografiados sin tippex y tres tés con limón.
Cierro la funda, los folios van dentro.

Más sobre la máquina de escribir.
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