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Un «Sanskrit Primer» entre Tasso y Milton: los libros raros del sabio catalán

El sabio catalán en Cien años de soledad · El librero de Macondo · 4 de noviembre de 2026

En Cien años de soledad, la librería del sabio catalán guarda justo el libro que Aureliano Babilonia necesita: una gramática de sánscrito escondida entre un poema épico italiano y los versos de Milton. García Márquez convirtió la erudición de Ramon Vinyes en una biblioteca casi mágica. Esta entrada repasa los libros que aparecen en la novela, explica quiénes eran los autores raros que cita y los compara con lo que Vinyes leía de verdad, tal como lo reconstruye El librero de Macondo.

El libro entre Tasso y Milton

En el capítulo XVIII, Melquíades le revela a Aureliano Babilonia que los pergaminos están escritos en sánscrito y que en la tienda del sabio catalán hay un Sanskrit Primer que las polillas devorarán en seis años si no se da prisa en comprarlo. Le dice incluso dónde está: en el extremo derecho del segundo estante, entre la Jerusalén libertada y los poemas de Milton. Santa Sofía de la Piedad, que no sabe leer, se aprende la indicación de memoria y paga el libro con uno de los pescaditos de oro del coronel.

El libro existía fuera de la ficción. A Sanskrit Primer es la gramática elemental de sánscrito que el profesor estadounidense Edward Delavan Perry publicó en 1885 a partir del manual de Georg Bühler, y fue durante décadas la puerta de entrada a esa lengua para los estudiantes de habla inglesa. García Márquez lo coloca en la librería de Macondo con su título en inglés, como si fuera un ejemplar real de los que llegaban por barco a Barranquilla.

Frontispicio grabado de la primera edición ilustrada de la Gerusalemme liberata de Torquato Tasso, de 1590
Frontispicio de la primera edición ilustrada de la Gerusalemme liberata de Tasso (Génova, 1590), de Agostino Carracci y Bernardo Castello. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Los autores que solo había leído el sabio

Cuando Aureliano vuelve a la librería en busca de cinco libros más, el sabio los examina, le dice en su lengua que debe de estar loco y se los devuelve: el último hombre que los leyó, le advierte, debió de ser Isaac el Ciego. Más adelante, el librero anima a Aureliano a discutir con los cuatro amigos sobre los métodos medievales para matar cucarachas, porque sabe que le gustan los libros que solo había leído Beda el Venerable. Detrás de esos nombres hay personas reales:

  • Isaac el Ciego (hacia 1160-1235), rabino de Provenza, considerado uno de los padres de la cábala.
  • Beda el Venerable (673-735), monje anglosajón, autor de la primera historia eclesiástica de Inglaterra.
  • Arnau de Vilanova (hacia 1240-1311), médico de la Corona de Aragón con fama de alquimista. García Márquez le atribuye una anécdota absurda, una de esas cosas que el sabio sabía y que, según la novela, «simplemente no se debían saber».
  • Séneca y Ovidio, que el sabio les hace leer a los cuatro muchachos cuando todavía van a la escuela, después de cambiarles los trompos y las cometas por libros.

Hay también una broma para entendidos. El sabio tiene a sus discípulos una noche entera buscando la trigésima séptima situación dramática. El crítico francés Georges Polti había publicado en 1895 un célebre catálogo de Las treinta y seis situaciones dramáticas; buscar la que falta es un juego de dramaturgo, y Vinyes lo era.

Lo que leía de verdad Ramon Vinyes

Los estudiosos de Vinyes confirman que el retrato no exagera tanto. Enric Gallén recuerda que, antes de llegar a Colombia, Vinyes tenía a Gabriele D’Annunzio por «el primer poeta mundial» y fijó los cuatro pilares de la tragedia moderna en Ibsen, Hauptmann, Maeterlinck y el propio D’Annunzio, sobre la base de los griegos y Shakespeare. En su adolescencia había leído a Gorki, Tolstói y Pierre Louÿs. En Barranquilla dio a conocer en la prensa a los dramaturgos europeos de su tiempo y, en la librería, vendía las novedades que llegaban de Europa.

García Márquez lo vivió en la mesa del café Japy. Cuando le confesó que leía a Faulkner con desconfianza, Vinyes le contestó que, si Faulkner estuviera en Barranquilla, «estaría en esta mesa».

Portada de la primera edición de Paradise Lost, de John Milton, impresa en Londres en 1667
Portada de la primera edición de Paradise Lost, de John Milton (Londres, 1667). Houghton Library, dominio público, vía Wikimedia Commons.

El librero que recomendaba libros prohibidos

Roser Amills, tras documentarse concienzudamente en la prensa barranquillera de la época y en los estudios sobre Vinyes, deduce en El librero de Macondo que aquel librero no solo vendía libros raros, sino que quería convertir en lectores a quienes menos leían. Para mostrarlo inventa a doña Ursulina, una clienta beata que entra en la librería con miedo a los libros que condena el púlpito. Vinyes le pone delante Madame Bovary y la convence con una mezcla de cortesía e ironía:

El librero sonríe. Adora a las clientas dignas de Flaubert. Y el placer de doblegar la hipocresía.

–Créame, doña Ursulina. El efecto de un libro prohibido no es el mismo en todas las mujeres.

–¿Qué quiere decir con eso?

–Cada lector es un mundo. El resultado dependerá de sus valores, de su educación. ¿Es usted piadosa y recta?

Roser Amills, El librero de Macondo

Una semana después, doña Ursulina vuelve a por más. Es la versión barranquillera, y muy humana, del sabio de Macondo que trata a los clásicos como a compañeros de cuarto.

Fuentes

Más sobre Ramon Vinyes y su mundo

Cubierta de «El librero de Macondo», de Roser Amills

La novela

El librero de Macondo, de Roser Amills

XXIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2025. Fundación José Manuel Lara (Grupo Planeta), 2026. La amistad entre el joven Gabriel García Márquez y Ramon Vinyes, el «sabio catalán» de Cien años de soledad.

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Portada de A Sanskrit Primer, gramática elemental de sánscrito de Edward Delavan Perry, edición de 1901

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