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El Mundo | Núria Cuadrado: «Secretos al otro lado de la mirilla más erótica», sobre «Las 1.001 fantasías» (13-4-2012)

Prensa · El Mundo · 13 de abril de 2012

El 13 de abril de 2012, el diario El Mundo dedicó dos páginas, firmadas por Núria Cuadrado, a Las 1.001 fantasías más eróticas y salvajes de la historia, el libro de Roser Amills (Lectio Ediciones).

Portada de «Las 1.001 fantasías más eróticas y salvajes de la historia», de Roser Amills (Lectio Ediciones)

“Como dice la propia Roser Amills en el prólogo de su libro, ‘el amor y el buen sexo no saben de conveniencias’. Pero también, y ella así lo reconoce, ‘¡qué delicia curiosear por el agujero de la cerradura!’. Su libro les abrirá 1.001 puertas”

Núria Cuadrado, El Mundo, 13 de abril 2012

Página 41 de El Mundo (13 de abril de 2012): «Secretos al otro lado de la mirilla más erótica», con dos contorsionistas ante Salvador Dalí
Página 42 de El Mundo (13 de abril de 2012), sección Cultura: reportaje sobre las fantasías eróticas, con menciones a Salvador Dalí, Adolf Hitler y Amy Winehouse, y fotografías de época

Secretos al otro lado de la mirilla más erótica

Roser Amills reúne en un libro las fantasías más salvajes de reyes, santos y artistas

Saber de las liaisons de Salvador Dalí con los patos hace que uno se encoja y se pliegue dolorido sobre sí mismo. Sólo se libra del escalofrío quien ya conoce la historia. Pero la primera vez… Ufffff. La primera vez que uno la escucha no sabe si estremecerse doliente por la suerte del pobre ánade o por la de las ocho mujeres espectaculares, apodadas las suecas, que tenían que prestar asistencia técnica al genial ampurdanés mientras intentaba sodomizar al desasistido animal al que antes había cortado el cuello.

Una primera vez (y eso lo sabe quien más y quien menos) nunca se puede olvidar. Así que aunque, por los años y por las muchas veces que ya se han explicado, los traumas sexuales de Salvador Dalí se han convertido en otra forma más de su arte —o de su excentricidad—, a la inmensa mayoría le es fácil recordar todavía el sudor frío (o el aumento de la temperatura) que experimentó al descubrir sus aventuras (o desventuras) sexuales. Y no sólo con los patos. Porque hubo más. Muchas más.

Y es precisamente de esas primeras veces, de esos descubrimientos entre picantes y avergonzados, de lo que está repleto el volumen Las 1.001 fantasías más eróticas y salvajes de la historia (Lectio Ediciones, en castellano; Cossetània, en catalán), firmado por Roser Amills, una oportunidad de pecar sin pecado y de convertirse en voyeur a través de la mirada (y el trabajo) de otro.

Si a Salvador Dalí le gustaban los patos, también le ponían los uniformes, de ahí su debilidad por el pequeño Adolf Hitler, quien, pese a que muriera y matara por lograr la pureza de la sangre y de la raza, no tenía problema alguno si la mélange era en la cama: mantuvo una turbia relación con la hija de su hermanastra, 20 años menor que él, que acabó con el suicidio de la muchacha. Pero, como donde las dan también las toman, Hitler tuvo que soportar que su mujer, Eva Braun, a quien conoció mientras ejercía de asistenta de un fotógrafo, le engañara con media Alemania: aunque el dictador no lo sabía cuando la desposó, Eva había posado desnuda en cientos de ocasiones para unas estampitas que corrían más que la cerveza en aquel Berlín casquivano anterior al Tercer Reich.

A Hitler le gustaba (a quién no) Marlene Dietrich. A uno de sus mariscales más sangrantes y sangrientos, Hermann Goering, vestirse de mujer con el pretexto de poder enseñar su colección de joyas y de diamantes. Mientras que algunas mujeres, léase Courtney Love o Pamela Anderson, lo que quieren es desnudarse para que cualquiera las fotografíe (y luego pueda publicar las fotos) mientras mantienen relaciones con parejas más o menos estables.

También hay quien se quita los zapatos, ahí está la bella Naomi Campbell, para que otra mujer, Madonna (en la carátula de Erotica), le pueda besar los pies. Y, en cambio, hay quien prefiere calzarse unas botas —a poder ser, en punta— para arrearle una patada (unos cachetes, o un tiro) al objeto de su deseo: a Amy Winehouse le iba el spanking (que, en fino y en inglés, viene a ser lo mismo que conseguir placer de recibir una buena azotaina en el culo en el momento más indicado); Francis Bacon se dejaba aporrear hasta extremos insospechados por sus amantes (Peter Lacy llegó a lanzarlo a través de una ventana); Eva Longoria gusta de que la aten a la cama y quedar indefensa y desarmada siempre que la lazada se haga con buenos pañuelos de seda; y William S. Burroughs, el escritor, mató a su esposa de un disparo cuando jugaba a ser Guillermo Tell.

Y así, pasando de uno a otro, llegando a una historia para poder entender un poquito mejor la que acababa de descubrir el minuto anterior, devanando la madeja del sexo, ha ido encontrando a sus protagonistas Roser Amills que, además de un cierto trabajo de campo (que nadie piense mal, se trata de charlas y de más charlas sin tacto ni contacto con expertos —Eudald Carbonell, Antoni Bolinches— o escritores —Fernando Sánchez Dragó—), también ha repasado cientos de entrevistas, biografías y documentos para apresar a sus incontables pecadores.

No faltan a la cita con esta enciclopedia de las más pecaminosas de las fantasías reyes, ni santos, ni dictadores, tampoco cabareteras, actores, actrices, directores, escritores, pintores o cualquier otro personaje público, desde la Roma antigua al actual papel couché, que haya sabido hacer volar su imaginación (o su acción) hacia cualquier forma (más o menos consentida) de sexo.

«No he tratado de juzgar ni de escribir un tratado médico», explica Roser Amills (Algaida, Mallorca, 1974). «Lo que para unas culturas ha sido perversión, en otras es una práctica comúnmente aceptada. Y saber de ello te permite contemplar con más apertura y tolerancia que bajo el sol todo es posible, que cada persona, cada cultura y cada época es un mundo, que hemos ido evolucionando, a veces hacia adelante y otras hacia atrás. En resumen, que como decía Luis Buñuel, la imaginación nunca delinque», resume la escritora el propósito de su picante enciclopedia que le ha permitido a veces escandalizarse, otras sorprenderse y otras, incluso, entenecerse.

Y, para tierno, aunque con intención, el inventor Thomas Alva Edison, que se comunicaba habitualmente con su novia (la que luego también sería su esposa) a través del código morse: sólo que el toque corto o el largo lo apreciaba la susodicha por la presión que el inventor ejercía en un lugar tan íntimo como su muslo y al que accedía en lugares tan públicos como un teatro (Edison fue capaz, incluso, de declarar su amor y pedirla en matrimonio a través de la apetitosa variante de un código que, si sirve para la guerra, también es útil en el amor).

Si se trata de sorprender, por lo que vendría después, San Agustín lo consigue: cuando aún no era santo, se dedicaba a pasearse por bacanales y orgías donde la bisexualidad no era un tabú, como si no existiera el pasado, el presente ni el futuro, ni, por supuesto, el pecado… Y así hasta que conoció (y aceptó) la fe. En cambio, Catalina de Siena, que había hecho voto de castidad a la tierna edad de siete años, que no conocía varón ni sabía de sus miembros (ni de los viriles ni de ningún otro), en una de sus visiones soñó que Jesús le pedía en matrimonio con un anillo fabricado (¡ay, Dios!) con la piel de su prepucio.

Y, aunque a extravagante nadie pueda ganar a Dalí, la misma ex prostituta y ahora madame que explicó lo de los patos (Lydia Artigas, más conocida como la señora Rius) recuerda aún con dolor los bocados que en sus partes más íntimas (cunnilingüe mediante) le lanzó Paul Belmondo y la mantuvo alejada de su lugar de trabajo durante algunos días. O también las rarezas de otro raro y grande de España, Camilo José Cela, que cuando acudía a la maison contrataba a dos muchachas: a una para la cama y a otra para estampar toda una vajilla contra el suelo en recuerdo de las criadillas a las que sus padres regañaban cuando él aún era un niño.

Como dice la propia Roser Amills en el prólogo de su libro, «el amor y el buen sexo no saben de conveniencias». Pero también, y ella así lo reconoce, «¡qué delicia curiosear por el agujero de la cerradura!». Su libro les abrirá 1.001 puertas.

De orgías y de perros

Bacanal per tutti. Buñuel se dejaba llevar y quien no lo crea que repase su filmografía. Pero no sólo en el cine, porque Chaplin, sin esfuerzo aparente, consiguió arrastrarle a más de una orgía. Tampoco se muestran reacios a «alegrías» de este calado el cantante Sting y su esposa, que admiten abiertamente su gusto por el sexo en grupo.

Encuentros y desencuentros. A Eric Clapton un día la suerte le sonrió y nada tuvo que ver con su guitarra, porque aún no era un músico famoso. Lo que ocurría es que Janis Joplin no encontraba una «groupie» varón y mandó a uno de sus acólitos a buscarle un muchacho bien plantado con el que yacer. A quien encontraron fue a Clapton. Aunque para encuentros con morbo el de Henry Fonda, cuando aún no era el que después fue, y la madre de Marlon Brando, que no sospechaba que acababa de alumbrar a un sex symbol.

Guau y requeteguau. No sólo los patos de Dalí juegan en esta lid. Led Zeppelin tenía una fan que le seguía allá donde fuera. Pero la «groupie», Dahlia, no iba sola sino que se hacía acompañar de su perro (para más inri un gran danés) con el que orquestaba provocativos «shows» para disfrute de Led.

Precoz es poco. Madonna perdió la virginidad a los 15, con un camionero de 35. ¿Precoz? Para nada si la comparamos con Steve Tyler, de Aerosmith, que participó en un trío cuando era un tierno retoño de sólo siete años. Tampoco hay que olvidar que a Chaplin le gustaban poco hechas: se casó (y más de una vez) con adolescentes embarazadas a las que trataba desde tiempo atrás.

La chocolatina. Que Jagger es «morritos calientes» a nadie sorprende. Sí extraña dónde le encontraron la cabeza y la boca en una ocasión: entre las piernas de Marianne Faithfull. Le había introducido una chocolatina en un lugar que mejor ni nombrar y tan sólo se dedicaba a comérsela.

Más: Las 1.001 fantasías más eróticas y salvajes de la historia

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