Reportaje · web Real Panties · junio de 2016
Las fantasías eróticas pueden vestirse con mil detalles de atrezo: desde los susurros o gritos hasta los disfraces exóticos, los uniformes, los alimentos retozones, el sometimiento de las cadenas y cinturones… Cada uno se estimula como quiere o puede. Pero hay algo que lo supera todo: las feromonas que impregnan una prenda usada, algo que los personajes de la cultura han tenido muy claro a lo largo de la historia.
¿Sabías que la nariz puede reconocer hasta 10 mil olores por separado? Bien lo han sabido hombres y mujeres desde el principio de los tiempos, pero no siempre se ha podido contar abiertamente. Vamos a hacer un poco de memoria… Documentarme ha sido de lo más divertido y estimulante, he leído cientos de correspondencias íntimas, biografías, crónicas… para buscar fantasías, marranadas, inspiraciones gloriosas y anécdotas sexys relacionadas con el fetichismo de las prendas usadas.
Y de paso me he enterado de las preferencias eróticas de las celebridades: Scarlett Johansson adora los asientos traseros del coche, Eva Longoria ser atada con pañuelos de seda, Tarantino los pies y Jagger el chocolate entre las piernas de su pareja. Al fin y al cabo las fantasías eróticas son los cuentos de hadas para adultos y siempre apetece que te cuenten uno, ¿o no? También ha sido interesante analizar la historia erótica de cada época: ¡¡¡hay fantasías que directamente han cambiado la historia!!!
Pero vayamos al grano: si cualquiera de nosotros pusiera por escrito con sinceridad sus fantasías eróticas, seguro que a alguien le ponemos los pelos de punta. Simplemente estos personajes, al ser públicos y célebres, no las pudieron esconder tanto como nosotros y recordarlos es todo un ejercicio de tolerancia, por otro lado, porque demuestran que lo que guardamos en nuestra intimidad es más habitual de lo que imaginamos. Mi favorito es el célebre escritor James Joyce (1882-1941), autor de “Ulises”, pero también de unas deliciosas cartas: en ellas relata, a su amada esposa, lo mucho que le gustan las braguitas aromatizadas.
Quizás por una especial sensibilidad erótica sobre este aspecto, en diciembre de 1919, Joyce escribe a Nora, su amada esposa: “Mi dulce y traviesa pajarita folladora. Aquí está otro billete para comprar lindas bragas o medias o ligas. Compra bragas de puta, amor, y asegúrate de rociarlas con algún agradable aroma y también de mancharlas un poquito atrás”. Cabe señalar que las bragas son una constante en la correspondencia de este felicísimo matrimonio.
También a nivel internacional, otra fantasía literaria que me encanta, por su delicadeza, es la que aparece en “La alfombrilla de los goces y los rezos”, de 1657. Como la mayoría de novelas eróticas chinas, se publicó bajo seudónimo pero pronto se supo que era del ensayista, poeta y dramaturgo Li Yu, y contiene notables y pioneras ideas relacionadas con la ropa interior: “Volver a ponerme las prendas íntimas de la noche anterior, sin lavar, me transportaba al momento en que él volaba a mi cama y me empujaba con todas sus fuerzas boca abajo”.
En la literatura española también hemos tenido numerosos ejemplos, que por regla general no pueden desligarse de la polémica. Es el caso del premiadísimo Juan Marsé. Duda cuando le pregunto porque confiesa que tiene muchas fantasías y no sabe cuál elegir como preferida para este reportaje, pero tras meditarlo un poco me cuenta una que no dejará a nadie indiferente: él camina por una calle desierta y una desconocida, atractiva y apetecible, se desmaya justo delante de él, lo que le deja libre para “hacer cualquier cosa con ella”. Por ejemplo, robarle las bragas. Y es que, como señalaran los pioneros de la investigación sexual Masters, Johnson y Kolodny en 1987: “Nuestros valores personales y sociales pueden diferir de nuestras fantasías, al igual que los personajes interpretados por el actor pueden no tener nada que ver con la personalidad real del mismo”.
Pero si hablamos de talento unido a la polémica tenemos que citar a Francisco Umbral, pues el Premio Cervantes, progre ácrata y controvertido —cuando escribió “La hembra violada parece que tiene otro sabor, como la liebre de monte” enfureció a las asociaciones de defensa de los derechos de la mujer—, cultivó una sexualidad singular, y no tuvo ningún problema en revelarla en sus libros, casi siempre autobiográficos.
A Umbral le iban los fetichismos traviesos con la ropa interior y en más de una ocasión reconoció haber robado braguitas a sus amantes. En “Los amores diurnos” dejaba clara su inclinación por esta prenda: “Dulce braga femenina, pequeña braga joven, triángulo leve y calado, mariposa de lencería sexual, funda gentil donde ella, ellas, enfundan lo más compacto y resuelto de su cuerpo, de su alma”.
La historia política y militar no se libra de este pequeño repaso. Hermann Goering, el mariscal del III Reich, adoraba cualquier prenda de mujer: “el gordo Goering”, drogadicto, travesti, histrión, corrupto, ladrón de obras de arte y de todo tipo de prendas, era tan poderoso como temido, y le encantaba disfrazarse de mujer con el pretexto de exhibir su colección de joyas y diamantes.
Texturas, materiales, transgresiones, colores… Podemos usar cualquier tipo de bragas pero no todas tienen el mismo poder. Bien debía de saberlo la estrella del Hollywood dorado Greta Garbo, quien a menudo solicitaba a las novias de sus amigos que le enseñaran las prendas de ropa interior que llevaban puestas, y que en alguna ocasión robó.
De hecho, según “Greta Garbo & Marlene Dietrich, Safo va a Hollywood”, de Diana McLellan, su amiga Marlene Dietrich fue también la bisexual más ocupada de Berlín, seductora hábil e insaciable de directores, actores, actrices, activistas… por puro gusto, por el escalofrío y la oportunidad de épater les bourgeois.
El actor Klaus Kinski cuenta en su autobiografía la historia de su antigua novia, Edith Edwards, y su relación con Marlene, cuando ambas estaban empezando. En una ocasión, Marlene rompió las bragas de Edith entre bastidores en un teatro de Berlín y se las guardó en el bolsillo. Luego, usando sólo la boca, la llevó al orgasmo.
Y hasta aquí hemos llegado: he querido que este reportaje sea fundamentalmente ameno, divulgativo y que propicie charlas de sobremesa y temas de conversación para parejas y fetichistas con inquietudes culturales. ¡Ya me contaréis qué os han parecido!