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«Dos nostalgias enfrentadas como dos espejos»: el sabio catalán entre Barranquilla y Berga

El sabio catalán en Cien años de soledad · El librero de Macondo · 7 de noviembre de 2026

Cuando el sabio catalán vuelve a su aldea, en Cien años de soledad, no encuentra la paz que buscaba. Desde allí echa de menos Macondo con la misma fuerza con que en Macondo había echado de menos el Mediterráneo. García Márquez lo resumió en una imagen: «dos nostalgias enfrentadas como dos espejos». Las cartas que Ramon Vinyes escribió desde Barcelona entre 1950 y 1952 cuentan exactamente eso. Esta entrada las pone frente a frente y muestra cómo las recoge El librero de Macondo.

Las cartas del sabio en Macondo

En el capítulo XX, tres meses después de la partida, llega a Macondo un sobre grande con veintinueve cartas y más de cincuenta retratos escritos y hechos durante la travesía. Las primeras son divertidas: el sabio cuenta que ganó una apuesta en la primera cena porque reconoció en el agua de a bordo el sabor de los manantiales de Lérida. Pero las fotos van cambiando. En las primeras sale feliz, con camisa de enfermo y el mechón nevado; en las últimas, con abrigo oscuro y bufanda de seda, pálido y ausente.

Ya instalado, escribe que todo sigue igual: el caracol rosado en la casa donde nació, el sabor de los arenques secos. Luego, sin darse cuenta, las cartas se vuelven tristes. En invierno, junto a la chimenea, añora el calor de su trastienda, el polvo de los almendros y el pito del tren a la hora de la siesta, igual que en Macondo había añorado la sopa de invierno y los pájaros de la primavera. Atrapado entre esas dos añoranzas, acaba aconsejando a sus amigos que se vayan de Macondo y que no olviden que el pasado es mentira y que «la memoria no tenía caminos de regreso».

Berga hacia 1907, al pie de las montañas, con un campo de cultivo en primer término
Berga hacia 1907, la ciudad de la infancia de Vinyes. Foto: Juli Vintró i Casallachs, Arxiu Fotogràfic del Centre Excursionista de Catalunya (dominio público, vía Wikimedia Commons).

Las cartas reales: «Vivo más en Barranquilla que en Barcelona»

Según Vivir para contarla, la primera carta de don Ramón llegó a Barranquilla al cabo de unos días, escrita con su letra minuciosa y en tinta morada. Desde entonces escribió a todos a través de Germán Vargas, con frecuencia e intensidad. Contaba muy poco de su vida y mucho de una España que consideraba tierra enemiga mientras Franco gobernara Cataluña. García Márquez recuerda que, cuando los refugiados españoles le preguntaban por él, respondía en broma que sus cartas no traían noticias de España, sino preguntas ansiosas por las de Barranquilla.

Esas cartas a Germán Vargas se conservan en el fondo del autor y las estudió Jacques Gilard. Jordi Lladó i Vilaseca extrae de ellas una frase que lo resume todo: «Vivo más en Barranquilla que en Barcelona». Y en una carta del 4 de marzo de 1952 a Montserrat Ballarà, actriz aficionada de los Amics del Teatre de Berga, Vinyes da la vuelta al espejo: escribe que prefiere suspirar por su Cataluña desde América que desde dentro, y que quizá en octubre se decida a volver al otro lado del océano. Gilard habló de una americanización a su pesar, que había echado raíces en Vinyes desde principios de los años cuarenta.

No pasó un año, añade García Márquez, antes de que las cartas de Barcelona empezaran a ser menos explícitas y cada vez más tristes y escasas. Es la misma curva que dibujan las del sabio de Macondo.

Las tardes de Berga en «El librero de Macondo»

Roser Amills, tras documentarse concienzudamente en las memorias de García Márquez, en las cartas citadas por Lladó y Gilard y en la biografía de Pere Elies i Busqueta, pone a Vinyes de vuelta en su ciudad natal. La novela lo deja pasear por Berga como un extraño en su propia casa, con el Caribe metido todavía en el cuerpo:

Cuando pasea por Berga, se sorprende, a veces, preguntándose qué hace allí. Ya no es su ciudad, al menos no la que recuerda. Tal vez nunca lo fue. O sí, pero el paso del tiempo la ha convertido en un espacio ajeno. Él, el joven que cruzó el océano, tras recorrer las calles de Barcelona y París, con los bolsillos vacíos, y la cabeza llena de aventuras, reducido a la imagen que más temía: un sencillo anciano bergadán a quien los jóvenes ceden la acera con respeto.

Cada tarde, de seis a ocho, por las calles principales de su aldea, mira escaparates con el interés del que observa un museo de antigüedades. Y, cada tarde, entra en la tienda de cal Pastaseques y compra diez céntimos de regaliz, su ritual inevitable. Una forma absurda de confirmar que está en Berga, aunque no pueda olvidar el trópico ni el sol ecuatorial a cada paso, por más que lo intente.

Roser Amills, El librero de Macondo

La autora no copia la fórmula de García Márquez: la convierte en una costumbre. Las dos horas de paseo, de seis a ocho, son las mismas de la tertulia de las seis en Barranquilla, y el regaliz comprado cada tarde es la manera que tiene el personaje de demostrarse que ha vuelto. La palabra «aldea», la que usa Cien años de soledad para el pueblo del sabio, aparece también aquí, como un guiño. Y el lector sabe, porque lo ha leído en las cartas reales, que ese hombre que pasea por Berga está pensando en el otro lado del espejo.

Fuentes

Más sobre Ramon Vinyes y su mundo

Cubierta de «El librero de Macondo», de Roser Amills

La novela

El librero de Macondo, de Roser Amills

XXIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2025. Fundación José Manuel Lara (Grupo Planeta), 2026. La amistad entre el joven Gabriel García Márquez y Ramon Vinyes, el «sabio catalán» de Cien años de soledad.

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Más en El librero de Macondo, la ficha de la novela, quién fue Ramon Vinyes y el Grupo de Barranquilla.

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