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Nueva Tribuna | Miguel Ángel Almodóvar: «Dejar de vivir nuestra muerte y de morir nuestra vida en un burdel barranquillero» (2026)

Dejar de vivir nuestra muerte y de morir nuestra vida en un burdel barranquillero

Las negras Penélope y Eufemia de Vinyes y el Gabo en un crisol de culturas gastronómicas.

Por Miguel Ángel Almodóvar · Memoria del paladar, Nueva Tribuna, 22 de julio de 2026

Ilustración del artículo «Dejar de vivir nuestra muerte y de morir nuestra vida en un burdel barranquillero», de Miguel Ángel Almodóvar

La negra o mulata Penélope, es un personaje literario del sabio y polímata catalán Ramón Vinyes basado en la negra Eufemia, regente o “madame” de una “casa galante” o de lenocinio en el Macondo creado por el Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez. En su momento histórico y lujoso burdel de Barranquilla, que era frecuentado por las élites políticas y nobiliarias, por diplomáticos, intelectuales y visitantes extranjeros que llegaban a la ciudad, por el aeropuerto o por el río Magdalena, en plena explosión de florecimiento comercial, y que, entre 1930 y 1950, fue testigo de una de las mayores y más apasionantes fusiones gastronómicas.

En la mítica novela Cien años de soledad, publicada en 1967, el Gabo la llama la “Nigromanta”, mientras que en La noche de los alcaravanes, de 1950, cuenta que en su lujoso burdel fue testigo, la noche del 27 de julio de aquel mismo año, de cómo un cliente en estado de máxima excitación arrojó vivo en una olla de sancocho a un alcaraván, ave zancuda migratoria con plumaje de tonos pardos y unos 40 cm. de longitud, para recuperar el relato en el capítulo Ojos de perro azul, dentro de su libro de memorias Vivir para contarla, publicado en 2002.

Casa de citas en la Barranquilla de mediados del siglo XX

García Márquez describe la fastuosa casa de citas como un patio lleno de árboles donde se reunía con sus amigos, durante las décadas de su juventud, 30, 40 y 50 del pasado siglo, que coinciden con la consolidación de la cocina criolla en perfecta confluencia con los hábitos gastronómicos de los muchos extranjeros que empiezan a llegar a Barranquilla tras la apertura de las terminales, inauguradas, el 22 de diciembre de 1936, por el entonces presidente de Colombia Alfonso López Pumarejo.

Bocas de Ceniza, Barranquilla
Bocas de Ceniza

Así, la cocina barranquillera empieza a fusionarse con los platos foráneos que poco a poco introducen por sus puertos. Entre los autóctonos destacan el bocachico o sábalo de agua dulce, preparado “en cabrito” o, lo que es lo mismo, abierto y relleno de verduras, y la mojarra frita, a los que se suele añadir arroz, coco, patacones y ensalada de payaso, a base de tomate y cebolla; el arroz de lisa, pez mugílido marino-fluvial, que se vendía en el mercado público y se servía en hoja de bijao, planta tropical ampliamente conocida por sus hojas grandes y flexibles; carimañolas, una suerte de empanadillas confeccionadas con masa suave de puré de yuca rellena de carne picada y sazonada con queso costeño; arepas de huevo, chicharrones, bollos de yuca; sancocho u olla de pescado o gallina con tubérculos, verduras y condimentos; mote de queso, que se elabora cocinando ñame espino hasta deshacerlo, para mezclarlo después con queso costeño salado y sofrito, en compañía de arroz de coco o de fideo, aguacate, suero costeño y un toque de limón.

Bocachico en cabrito, mojarra frita, arroz de lisa y carimañolas
Bocachico en cabrito, mojarra frita, arroz de lisa y carimañolas.

A todo ese sugerente repertorio, durante las mencionadas décadas se fueron añadiendo bocados de la cocina sirio-libanesa como el kippe, que consiste en una masa a base de carne picada de res o cordero y trigo bulgur partido, sazonada con especias; además del arroz con almendras, las hojas de parra rellenas, el hummus y el tahine; y platos chinos, como el chop suey, que combinaba el arroz con raíces chinas y carnes, que no tardó en convertirse en un clásico urbano barranquillero. Como postre, se puso de moda el enyucado, sublime torta de yuca rallada, queso costeño, coco, panela o azúcar, mantequilla y semillas de anís. Para beber, se masificó el uso del café mañanero que elaboraba la compañía Almendra Tropical, los jugos naturales de frutas tropicales como el corozo, el níspero, el zapote y la guanábana, y las primeras gaseosas locales heladas.

Kippes, hojas de parra rellenas, chop suey y hummus
Kippes, hojas de parra rellenas, chop suey y hummus

Junto a ellos, comenzaron a hacer furor el platillazo, un granizado de sandía con limón y soda; la chicha de arroz con cáscara de piña; los raspaos, granizados callejeros bañados con siropes de mora, maracuyá o piña, y coronados a cholón con leche condensada; y el whisky Old Parr del que dan generosísima cuenta los miembros de la tertulia literaria a la que pertenece Gabriel García Márquez, bajo la tutela del eximio Vinyes.

Cuenta éste que la mulata Penélope: “… carne de cincuenta años, abundante y acharolada; esponjosidad madura de higo de cuello largo y olor de despensa bien provista (…) ropas blancas fulgurantes. Va muy escotada, escotadísima, y luce un collar de asterias auténticas, que lloran amarillo, humedecidas por un diluvio de luz”, proporciona a la distinguida clientela un whisky tras otro, que iban llegando a la mano y al coleto de Vinyes a velocidad superlativa. En ese contexto conoce a una de las pupilas del lupanar, Aspasia Garcilaso, casi en trance porque por fin se ha descubierto al autor anónimo del soneto que comienza: “No me mueve mi Dios para quererte/ el cielo que me tienes prometido”.

A lo largo de la historia, y desde que apareció, en 1629 y dentro de una obra del presbítero Antonio de Rojas, una pléyade de estudiosos y críticos literarios han apostado por distintas y grandes figuras, como San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús o San Francisco Javier. Sin embargo, cierto sector de la investigación literaria también destaca la famosa copia del fraile agustino mexicano Miguel de Guevara, en la que incluyó el soneto en uno de sus manuscritos, publicado en 1638, aunque él nunca reclamara su autoría.

Retrato de fray Miguel de Guevara
Fray Miguel de Guevara

Esta es justamente la tesis de la periquita Garcilaso, que nos acerca a un poeta y filólogo agustino mexicano, que vivió y predicó la fe católica entre 1585 y 1646, básicamente en la provincia mexicana de Michoacán, dentro del Virreinato de Nueva España, lo que nos llevaría a platos señeros de la época y la región, como la sopa tarasca, a base de frijoles molidos, puré de jitomate y chile pasilla, servida con tiras de tortilla, queso cotija y queso crema; los tamales conocidos como corundas, dulces y de forma triangular, y los uchepos, menos dulces al elaborarse con elote tierno; el churipo, caldo tradicional de origen purépecha, preparado con carne de res y verduras; las carnitas pergeñadas con trozos de cerdo confitados lentamente en manteca hasta quedar crujientes por fuera y tiernos por dentro; el aporreado, carne seca de res «aporreada» y mezclada con huevo, bañada en una salsa de jitomate. Pero todo eso, como diría Rudyard Kipling, ya será para otra historia.

Siguiendo con la nuestra, Aspasia le resume a Vinyes la esencia del burdel como un lugar en el que se suministra a los clientes el nepente, la droga mítica de la Ilíada que producía el olvido y aliviaba el dolor. También como un espacio donde dejar de vivir nuestra muerte y de morir nuestra vida, que no viene a ser más que una paráfrasis del soneto III de Las Siete Palabras de Garcilaso de la Vega, con el que otorga baldón de gloria al inca toledano.

Este artículo continúa la serie de Miguel Ángel Almodóvar en torno a El librero de Macondo, la novela de Roser Amills sobre Ramon Vinyes. Entrega anterior: «El librero de Macondo»: la continuidad emocional entre el maestro Vinyes y el alumno García Márquez.

Fuente: Nueva Tribuna, 22 de julio de 2026

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