El flechazo ha embrujado a celebridades como Ava Gardner, John Wayne, Anthony Quinn o John Lennon. Desde entonces las estrellas de Hollywood han escogido la isla balear como refugio de la vida alegre.

Por Santiago Roncagliolo en Vanity Fair

Después de la boda, Errol Flynn y su nueva esposa embarcaron en su velero privado, el Zaca, un palacio náutico con 30 metros de mástil, y zarparon de luna de miel por el Mediterráneo con dirección a Gibraltar. A mitad de camino, una estrepitosa tormenta los obligó a buscar un puerto donde refugiarse.

La novela sobre Errol Flynn de Roser Amills en Vanity Fair | Cuando Mallorca fue el oasis de Hollywood
El ecuador de Ulises
La novela sobre Errol Flynn de Roser Amills en Vanity Fair | Cuando Mallorca fue el oasis de Hollywood

“En 1950 las Baleares estaban por descubrir”, explica la escritora mallorquina Roser Amills. “Incluso Ibiza seguía siendo una isla muy campesina. Muchas casas no tenían ni cristales en las ventanas. En cambio, ** Mallorca** ya contaba con hoteles, bares y un puerto muy cómodo. El único al alcance del Zaca.

Flynn encontró mucho más que un puerto: una Mallorca bucólica, que comenzaba a recuperarse de la posguerra española apelando a un turismo de sol, playa y paz. Una nueva plaga de torsos desnudos y bronceados provenientes del norte de Europa, que hacía persignarse a las abuelas y sonreír a los cajeros de hoteles y restaurantes.

La novela sobre Errol Flynn de Roser Amills en Vanity Fair | Cuando Mallorca fue el oasis de Hollywood

Peleado con muchos de los productores de taquillazos, abandonado por los grandes estudios, pasado de moda en la cartelera, Flynn había decidido vivir por todo el mundo a bordo del Zaca, dejando salir al bucanero que llevaba dentro, levando anclas cuando le apetecía. Pero poco a poco fue enamorándose de aquel rincón balear, donde sus mejores películas habían tardado más de una década en proyectarse, de modo que él aún gozaba del resplandor de los viejos tiempos.

Por esos mismos años, Hollywood buscaba localizaciones baratas para rodar superproducciones bíblicas, medievales o de romanos. Hacían falta desiertos, bosques, castillos y centenares de extras con pocas pretensiones. Y la España del plan Marshall ofrecía buenas condiciones. En 1955 Flynn y su esposa, Patrice, grabarían juntos Rapsodia real, entre Sitges y Barcelona, uno de los largometrajes de declive de él y de los esfuerzos de ella por alzar vuelo profesional.

Después de esa cinta, la pareja se estableció en Mallorca. Patrice probaba suerte como cantante en los teatros de la isla. Flynn invitaba a sus viejos amigos de Hollywood para continuar la fiesta, al principio en el Zaca, más adelante en el ** hotel Bonsol** y finalmente en su mansión Es Molí.

Desayunaban naranjas inyectadas con vodka, almorzaban en El Patio, bebían daiquiris frozen en Joe’s. La mañana los encontraba tirados en la playa. O en el mar. Listos para volver a empezar.

Errol Flynn comenzó a morir cuando se marchó de Mallorca. Primero perdió a Patrice, según los rumores, en brazos de un cantante español. Después, los apretones del bolsillo lo obligaron a vender el Zaca. Su corazón dejó de latir el mismo día que firmó la venta.

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