Literatura rodeada de mar: 10 relatos sobre escribir en Mallorca
Literatura rodeada de mar: 10 relatos sobre escribir en Mallorca.
Noray de letras presenta el proyecto WoW Mallorca (activo desde 2015), orientado a consolidar Mallorca como territorio literario y a visibilizar su patrimonio vinculado a la escritura. Se citan autores universales relacionados con la isla y se plantea cómo paisaje, memoria y experiencia influyen en la literatura. Las rutas “Walking on Words” se explican como itinerarios que conectan territorio y textos. La introducción plantea preguntas sobre la relación entre lugar y escritura, y sitúa la antología como un recorrido por los espacios creativos de diez autores residentes o vinculados a Mallorca.
Sebastià Alzamora — Noray de piedra
Roser Amills — Seguir escribiendo con o sin tierra
Miquel Bezares — Entre ventanas, entre ausencias
Míriam Cano — Plaza Mayor
Gabriel Janer Manila — Límites
Anna Nicholas — Una canción de amor a la Illa Dorada
Bel Olid — Realquilada
Joan Miquel Oliver — 1984 (Port de Valldemossa)
Joan Pons Bover — Patria
Miquel Rayó — Donde nacen las palabras

Seguir escribiendo con o sin tierra, como un milagro
/ Roser Amills
El año de las Olimpiadas de Barcelona cumplí 17 años y di un salto para cruzar el mar que ha durado hasta hoy, como cuando sueñas que vuelas.
En la maleta: una cazuela, dos cucharas de madera del ayuno de San Lorenzo, un juego de sábanas bordadas de la abuela y el dinerito de haber trabajado de los 13 a los 17 en el Hostal de Algaida, Ca n’Alorda y Can Gordiola, la fábrica de vidrio soplado.
READ MOREAntes del salto hay un lastre, una densidad y una germinación. Para explicar este cambiar los pies de tierra, hagamos una pausa y observemos que ya había tenido que dar algunos más, de saltos, más pequeños y discretos: la firma de papá en los papeles de la beca; falsificar la patria potestad, y hacer llorar a mamá: a la hija mayor no se le ha perdido nada en la Península. ¿Estudiar? Vanidad. Imperdonable.
Mi tío me había regalado una máquina de escribir, el abuelo me enviaría cartas a Barcelona, la abuela se quedaba sonriendo como solo ella sonreía, papá había rasgado los impresos muy convencido; yo, árbol crecido torcido que había que enderezar. Doña Aina y don Joan, maestros de primaria, me perdonaban la dislexia del cerebrito recién recuperado de una toxoplasmosis. Decían: «Escribe, escribe» y se creían que me había caído por las escaleras una o dos veces por semana.
La profesora de latín del instituto no se lo creía tanto. Excursión a ver un reloj de sol y la conversación aquella: el tiempo es una hilera de polaroids que se van revelando a medida que las miras. De una de las traducciones saqué la otra idea: dos puñados de tierra roja de Algaida, llevarlos conmigo a la Villa Universitaria de la Autónoma.
Hay un proverbio árabe que dice que nadie puede saltar fuera de su sombra y está Josep, el padre francés del hijo que parí en segundo curso de la carrera de Filología y que se llamó Marcel —durante todo el embarazo busqué en Proust el tiempo que todavía no había perdido. Josep le decía el otro día a este hijo, tan mayor que va a cumplir 27, que no entiende que lo haya dejado todo y haya regresado a Algaida, al lugar de los primeros males, para terminar trabajando de peón de limpieza. «Tu madre sacaba matrículas, en la Universitat de Barcelona ganó un premio de narrativa que presidía Joan Perucho, publicó su primer libro con 20 años con otro premio, de poesía, cinco novelas…».
Esto que hablan padre e hijo mayor y que le cuentan al pequeño, que tiene 14 y otro padre, me suena como cuando canto dentro del pozo, tan claro como para ponerlo con los dos puñados de tierra, bien centrado entre la vida y la muerte, y sonreír; todo es comunicable e incomunicable, como estas polaroids que ahora reviso porque me han pedido que reflexione sobre la escritura y la tierra y esto es lo que brota, cada nueva metáfora cuesta como a las plantas inventarse una forma de hoja diferente, hacer entender lo importantes que son la tierra y escribir, que todo es siempre poco precio por mantenerlos: es poquísimo sudar este verano como he sudado, con una escoba en la mano, barriendo sombras de reflexiones. La tierra mallorquina no ha sido nunca fácil de labrar, llena de piedras y seca, y los mallorquines también.
Paredes de piedra seca. Ponemos los problemas como margen del camino y avanzamos; las he saltado tantas veces que me he convertido en atleta de ir y volver profunda y con la sólida constancia y la bella monotonía de ser yo también materia de cuneta, tantas palabras y tierra que tengo y tenía y tendré bajo el escritorio en una bandeja de plástico llena de historias.
Un día me visitó, en la bandeja del barrio de Gracia de Barcelona, un abejorro rubio de los que viajan desde África, es como un colibrí, y me dijo de regresar. Pasan el invierno en grietas entre las rocas, árboles o edificios y emprenden el viaje con los vientos que soplan del sur, desde el Mediterráneo y el norte de África hasta Algaida y Gracia.
Otro día, ya en 2020, en Algaida me pidieron que diese el pregón y el honor fue en el mes de enero del año pasado. Gustó y rompí alguna fantasía sobre qué diría, expliqué «víctima de violencia doméstica» y después «víctima de violencia de género», del padre de mi segundo hijo, Joanet. Estas cosas no son para un pregón, y acabé de arreglarlo en marzo cuando volví, huyendo y tan real, a vivir a la casa donde había nacido 46 años atrás, con poco más que las manos vacías, y se complicó: mi tío, pozo tapiado, ya no me quiere ni con máquina de escribir ni sin ella y dice que debería volver con el maltratador; la alcaldía declara desagrado y me revictimiza un año entero por la frivolidad de pedir ayuda y algo más que banco de alimentos y cuando me vuelvo a matricular en la universidad, cuestionan, murmullan; quizá entre todos tienen razón y debería aprender una lección. Todavía no sé cuál.
La espero. Optimista. Me despierto a las 4:45 h para ir a trabajar más contenta que unas castañuelas porque todavía no veo tiempo perdido por ninguna parte, escribo esto y aquello. Esta lección como de rondalla mallorquina de la doncella que saltó de tierra hace 28 años, que nunca se casó y que solo trajo de vuelta los libros de todos aquellos años dedicados al pueblo y al tío y a los padres perdonados, y los quiero y quiero a Algaida y a cada piedra del camino que no me soporta. Roser¹ demasiado silvestre, «esto te pasa por querer ser tan independiente». Incómoda como las malas hierbas que hilan raíces por cualquier grieta y sobreviven a todas las inclemencias, seguir escribiendo con o sin tierra, como un milagro.
¹ Juego de palabras con el nombre de la autora, Roser, que en castellano significa «rosal».
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