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En Grecia los penes pequeños y firmes eran admirados, mientras que los grandes eran considerados poco estéticos. O por su tendencia natural a la erección: como no usaban ninguna prenda interior, los nobles de la época victoria se veían en ocasiones obligados a sujetar el pene al muslo para no escandalizar a sus hipócritas coetáneos. Lo hacían pasando una cinta de seda por una anilla que perforaba el prepucio. Costumbre que duró muchos años, y aún durante el siglo pasado había doctores que aconsejaban que los adolescentes portaran cinturones de castidad para evitar la masturbación, y anillos con clavos interiores para impedir la erección.

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Sin embargo, el pueblo sabía de qué iba todo esto y trataba de expresarlo como podía, por ejemplo con la costumbre de hacer bollos con forma de pene por Semana Santa, que no pudo ser erradicada por el cristianismo. Finalmente, se permitió que tales bollos se siguieran confeccionando a condición de que llevaran una cruz y se llamaran “cruasan” es decir, cruz santa. Y sobre las fantasías sobre el falo y las mujeres en la actualidad se ha pronunciado la cantante madrileña Vanexxa (1976) en el libro de David Barba “100 españoles y el sexo: “Existe un deseo en la mujer de tener falo; cuanto más fálica sea, más poder quiere, más masculina se vuelve, más desea suplantar al hombre y más difícil es salir con ella».

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