Como dejó escrito Gabrielle Colette (1873-1954), “hay menos maneras de hacer el amor de lo que se dice, pero más de lo que se cree”, y cuando a Diógenes (412-323 aC) le preguntaban que por qué rezaba a las estatuas, respondía que estaba practicando el desencuentro. De estatuas -en ese caso se conoce como agalmatofilia- y demás esclavas va este capítulo: amores o enamoramientos con robots –gran ejemplo Brigitte Helm, la mujer/robot de la película “Metrópolis”-, maniquíes y muñecas hinchables, como el protagonista de “Tamaño natural”, de Luis García Berlanga (1921-2010) y su muñeca inflable. Otro caso célebre de pigmalionismo se produjo en Londres en 1877, según cuentan las crónicas de la época: un jardinero se enamoró de una réplica de la Venus de Milo y fue descubierto practicando un complicado coito con ella. Igualmente, la bella escultura de Leucade, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, a la que dio forma Moisés de Huertas en 1910, está documentado que ha turbado a muchos hombres. Por otro lado, el androidismo, relaciones sexuales entre seres humanos y máquinas humanizadas, aparece en películas como “Barbarella”, “Flash Gordon” o “Blade Runner”, cuyos directores han especulado o insinuado la posibilidad de actividad sexual entre humanos y máquinas seductoras o como esclavos sexuales. Curiosidad: en la serie “Star Trek: la Próxima Generación”, el personaje que más cartas de admiradoras recibía era Data, el androide.

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