Poemas contra una guerra
2/3/2003
El dos de marzo de 2003, en el Parlamento español (si así se puede llamar a un lugar de monólogos y no de debate) intervino un par de minutos el representante de la Chunta Aragonesista (CHA), José Antonio Labordeta, y, como habitualmente cuando interviene, no sólo fue contundente,
sino además gráfico en su lectura y poético en su exposición: vamos ¡un lujo, y sin pagar entrada!
Finalmente, leyó un poema de un escritor cuyo nombre no citó («como sé, Sr. Presidente que le gusta la
poesía recitaré un texto de mitad de los años cincuenta, de un poeta
español»). La cara de agrio y la cabeza gacha de Aznar era para verla.
He recuperado el texto del poema que leyó ayer José Antonio
Labordeta, que es de Miguel Labordeta,
Zaragoza (1921-1969), estupendo poeta, ilustre profesor zaragozano
… Su magnífica poesía, que hoy día
sigue recuperando, siempre que puede, su hermano pequeño José
Antonio. Ahí va:
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SEVERA CONMINACIÓN DE UN CIUDADANO DEL MUNDO
Mataos
pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.
Si vuestra rabia es fuego que devora tal cielo
y en vuestras almohadas crecen las pistolas:
destruíos aniquilaos ensagrentad
con ojos desgarrados los acumulados cementerios
que bajo la luna de tantas cosas callan
pero dejad tranquilo al campesino
que cante en la mañana
el azul nutritivo de los soles.
Invadid con vuestro traqueteo
los talleres los navíos las universidades
las oficinas espectrales donde tanta gente languidece
triturad toda rosa hallad al noble pensativo
preparad las bombas de fósforo y las nupcias del agua con la muerte
que han de aplastar a las dulces muchachas paseantes
en esta misma hora que sonríe
por una desconocida ciudad de provincias
pero dejad tranquilo al joven estudiante
que lleva en su corazón un estío secreto.
Inundad los periódicos las radios los cines las tribunas
de entelequias estructuras incompatibilidades
pero dejad tranquilo al obrero que fumando un pitillo
ríe con los amigos en aquel bar de la esquina.
Asesinaos si así lo deseáis
exterminaos vosotros: los teorizantes de ambas cercas
que jamás asiríais un fusil de bravura
pero dejad tranquilo a ese hombre tan bueno y tan vulgar
que con su mujer pasea en los económicos atardeceres.
Aplastaos pero vosotros
los inquisitoriales azuzadores de la matanza
los implacables dogmáticos de estrechez mentecata
los monstruosos depositarios de la enorme Gran Estafa
los opulentos energúmenos que en alza favorable de cotizaciones
preparáis la tripulación de los sueños modestos
bajo un hacha de martirios inútiles.
Pisotead mi sepulcro también
os lo permito si así lo deseáis inclusive y todo
aventad mis cenizas gratuitamente
si consideráis que mi voz de la calle no se acomoda a vuestros fines
suculentos.
pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna
al campesino que nos suda la harina y el aceite
al joven estudiante con su llave de oro
al obrero en su ocio ganado fumándose un pitillo
y al hombre gris que coge los tranvías
con su gabán roído a las seis de la tarde.
Esperan otra cosa.
Los parieron sus madres para vivir con todos
y entre todos aspiran a vivir tan sólo esto
y de ellos ha de crecer
si surge
una raza de hombres con puñales de amor inverosímil
hacia otras aventuras más hermosas.
Miguel Labordeta
Santander, 15 de agosto de 1951
