Club Esquire Readers
La historia real del librero catalán de ‘100 años de soledad’
El catalán que tuvo una librería en Macondo, por Pilar Manzanares
Procedencia: newsletter de Esquire, dentro de Club Esquire Readers.
En el callejón que terminaba en el río, había una tienda de libros. A ella se acercaría Aureliano Buendía para buscar en sus rincones el conocimiento que le haría llegar al fondo de los pergaminos. Aquella tienda de libros, regentada por un sabio que había llegado a Macondo en el esplendor de la compañía bananera, huyendo de una de tantas guerras, me sigue produciendo la misma fascinación. Y creo verla en las calles de mi barrio. Hoy un libro me trae recuerdos de aquel sabio y de su pequeño comercio. Y recuerda que si, como este sabio librero, tienes una recomendación para mí o alguna sugerencia, me puedes escribir a pmanzanareso@gmail.com
Por Pilar Manzanares.
Querido esquirer:
Leí hace poco con entusiasmo que habían otorgado el XXIX premio de novela Ciudad de Badajoz a un libro titulado El librero de Macondo, escrito por Roser Amills y editado por la Fundación José Manuel Lara. Te confieso que es leer Macondo y una alegría extraña me invade, se me pone el cuerpo en modo Caribe y me entran unas ganas tremendas de tumbarme en uno de esos morideros a la orilla del mar a leer y a, de vez en cuando, descansar la vista en esos azules que funden cielo y horizonte.
Me apresuré a ver los datos que siempre me provocan más curiosidad cuando se trata de premios, aunque en este caso obvié el de la autora porque a Roser Amills la conozco. Quiero decir que la tengo leída y escuchada desde que me topé por casualidad con un poemario novelado suyo, Uno solo, por favor. Así que solo tenía que averiguar: quién estaba en el jurado y, sobre todo, de qué iba ese libro que, si no me equivocaba, hablaría de aquel sabio de Cien años de soledad, que como ya te conté es una novela importante en mi vida y es uno de los 10 mejores libros de la historia para mi compañera Rosa Martí.
Club Esquire:
El librero de Macondo, de Roser Amills
Fundación José Manuel Lara
Descubrí fácilmente que el jurado lo habían formado los escritores Luis Alberto de Cuenca, Paloma Sánchez-Garnica, Juan Manuel de Prada y Espido Freire, el ensayista Manuel Pellecín Lancharo y el editor Ignacio F. Garmendia. Ya solo leer el nombre del primero me convenció. Me fascina la cultura de este poeta, helenista y ensayista que tiene en su haber algunos de mis versos favoritos:
“Al final no pensamos ni recordamos nada
(Poema de El secreto del mago, editado por Visor)
que no sea el principio. La memoria es así.
Huyen los nombres propios del presente, las fechas
próximas en el tiempo, y regresan los nombres
del pasado, las frases que en la niñez remota
hirieron o salvaron. Y vuelve aquella niña
de las trenzas de oro a quien contabas cuentos
en el sillón de orejas del salón, y los naipes
con figuras de músicos ilustres que tu padre
te trajo de Alemania, y la caja de música
en la que Cenicienta y su príncipe azul
bailaban incansablemente, y las cicatrices
que honraban tus rodillas de tanto gatear
detrás de aquellas chapas con nombres de ciclistas,
y las alineaciones con tres defensas, dos
medios y nada menos que cinco delanteros,
y el día en que encontraste el tebeo imposible
de encontrar en la tienda de don César Cobelo,
y la bici BH con que ibas por el mundo
(que era entonces pequeño) las tardes de verano…
Estos días azules y este sol de la infancia:
al final solo importan las cosas del principio.”
Compartido ese poema de Luis Alberto de Cuenca que, como te he dicho, es uno de mis favoritos y me parecía injusto guardarlo para mí sola, me propongo contarte lo que esconde ese ‘librero de Macondo’. Porque la historia se sustenta sobre la amistad entre Gabriel García Márquez y el librero catalán, dramaturgo y republicano autoexiliado en Colombia Ramón Vinyes. Un hombre al que conocemos por ser ese sabio de Cien años de soledad que, como él, fundó una librería, aunque el Macondo del primero fuera por azar histórico Barranquilla. Porque Macondos hay muchos. Probablemente cada uno tenemos el nuestro, aunque en el imaginario compartido muchos veamos al cerrar los ojos también el de la serie de Netflix de la que tanto sabe mi compañero Rafael Sánchez Casademont.
El premio Nobel nos presentó a Vinyes en varias ocasiones. Y en tantas otras habló de él, unido como estaba a su memoria el que en parte fuera su mentor:
“Nunca como en aquellos días me sentí tan integrado a aquella ciudad y a la media docena de amigos que empezaban a ser conocidos en los medios periodísticos e intelectuales del país como ‘el grupo de Barranquilla’. Eran escritores y artistas jóvenes que ejercían un cierto liderazgo en la vida cultural de la ciudad, de la mano del maestro catalán don Ramón Vinyes, dramaturgo y librero legendario, consagrado en la Enciclopedia Espasa desde 1924”.
Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez (Debolsillo)
La de Vinyes es una historia poco conocida. Lo dice y lo sabe Roser Amills, quien se interesó enseguida por darla a conocer, trenzando su retrato al de un joven escritor: “Me interesaba el García Márquez anterior a ser uno de los autores más leídos de la historia y al Nobel. No el mito, sino el muchacho que todavía no sabe si será capaz de escribir”. Y trazando esa amistad, ese camino, traza la autora también el camino que tantos otros escritores transitan, sin garantías de ninguna clase. Porque no hay garantías, no basta el talento, no acompaña muchas veces el entorno. “Porque escribir desmonta unas certezas y obliga a reconstruir otras desde un lugar incómodo y verdadero. La verdad íntima del escritor”.
Así El librero de Macondo es historia y reflexión. Es el joven que espera una revelación que no llega y el viejo que ha pasado por mucho y anda descreído porque la vida no siempre es justa y a veces no lo es casi nunca. Es la búsqueda cuando no sabemos lo que buscamos, cuando solo tenemos la intuición. Es el relato que queda cuando todo parece perdido y la creencia de que “lo único que podemos hacer por la literatura es dedicarle el tiempo y la paciencia”.
“Vinyes arrastra un fracaso muy concreto, nada abstracto: tres guerras, dos exilios, la pobreza, una lengua desplazada, una obra teatral incomprendida, la distancia respecto a los centros influyentes y el desprecio de muchos coetáneos hacia un hombre pobre, provinciano, homosexual y difícil de encajar en las capillitas literarias”.
Leo esta declaración de Amills y me quedo en la pobreza y la homosexualidad, esas naturalezas que tanto asustan a algunos. A demasiados. Nunca gustaron los pobres. Y en nombre de la “rectitud” y la “normalidad” se han perpetrado los más abyectos crímenes. Como el de Federico García Lorca, al que asesinaron no solo pero también.
“En su asesinato al principio de la guerra hubo algo de disciplinario, asesinando a Lorca se lanzaba un mensaje terrible a todos los hombres y todas las mujeres que participaban de esas ideas, de esa identidad. Yo no me atrevería a decir que a Lorca lo mataron por homosexual, porque Lorca era muchísimas cosas. A Lorca lo asesinó el odio cainita, el desprecio a la España más luminosa. Y lo hizo gente oscura…”, dice el dramaturgo Alberto Conejero en la entrevista que hemos publicado tras el triunfo en Cannes de La bola negra, la película que tiene en su corazón una de sus obras, La piedra oscura (recientemente reeditada por Cátedra).
Pero la vida es mejor que su crónica más negra y revienta de luz cuando se rebela y nos devuelve a la memoria a los sabios que regresan. Como Gabriel. Como Federico. Como Ramón, el sabio de Macondo. Porque al final, cuando todo esto acabe, volveremos al principio. Porque desterrada la memoria de los hombres, solo quedará la tierra. Y los nuevos brotes.
“Con Avel·lí de copiloto, y un ejemplar del libro recién traducido por él en el bolsillo de la guayabera, García Márquez estaciona en Berga, se acerca a la fuente, lee la placa con su acento caribeño. ‘Donar nom a una font! Quin design més viu! / Font de Mossén Guiu’. Se pregunta, divertido, qué opinará don Ramón, desmenuzado entre los caracoles, restos de cal y raíces de la fosa común donde lo han abandonado, de estos versos suyos que seleccionaron. De que él siga sin corbata y, en Macondo, ahora, también se hable catalán.”
(El librero de Macondo).
Pilar Manzanares
Colaboradora experta en libros
Siempre metida en un libro, trabaja escribiendo sobre ellos, ya sea para medios o editoriales. Nada le gusta más que leer una buena historia. Quizás contarlas. Así entre noches que no acaban y termos de café guioniza las suyas. En los largos días de la pandemia, la cosa se salió de madre y acabó coescribiendo la obra teatral «En la tierra desnuda» (ed. Dalya). Para combatir el sedentarismo de esta profesión, practica la esgrima, un deporte que tiene por literario desde que leyó su asalto favorito: «Mi nombre es Íñigo Montoya…». Pero esa es ya otra historia.

