fotos de roser amills
Las fotografías no fijan una identidad: registran un tránsito. En ellas aparecen cuerpos, gestos, encuentros fugaces, personas que entran en escena y luego desaparecen, pero que permanecen en la imagen como prueba de un cruce real. Hay fotos hechas y fotos recibidas, imágenes de performances, de presentaciones, de viajes constantes por ciudades que se repiten y se transforman —Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao— hasta volverse casi abstractas. En ese archivo irregular se reconoce una evolución: desde la infancia y la juventud hasta la maternidad, primero un hijo, luego otro, y con ellos un cambio mudo en la manera de existir. La fotografía no explica nada; acumula. Y en esa acumulación persiste el misterio: lo que ocurrió exactamente, lo que se dijo, lo que ya no puede reconstruirse. Las imágenes no cuentan una historia lineal, pero sostienen una verdad fragmentaria, hecha de presencia, desapariciones y clics.
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