Una mañana con Cristóbal Serra

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Resulta difícil hablar de Cristóbal Serra (Palma de Mallorca, 1922) de una manera comedida. Ha sido nombrado doctor honoris causa (2006) por la Universidad de las Islas Baleares y reconocido en los círculos lúcidos como una de las personalidades más originales de las letras de la segunda mitad del siglo XX; como dejó escrito Octa-vio Paz: “Habita el secreto con la misma naturalidad que otros na-dan en el ruido. No es ni dragón, ni caballero andante, ni filósofo gimnosofista ni hechicero. Sabe sonreír y esa sonrisa lo aparta de los hombres modernos”.

Abre su casa, en una zona céntrica y bulliciosa de Palma, con una sonrisa. Son las once de la mañana y todos los motores de la ciudad se encuen-tran a pleno rendimiento, pero en cuanto cierra la puerta dejamos atrás el rugi-do de los coches y autobuses y me sumerjo en su oasis de libros, cuadros, cor-tinas delicadas de colores alegres, muebles cómodos y frescor. La presencia de Serra, todo él amabilidad y mesura, hace el resto.

Acostumbrados como estamos a los Superegos, resulta estimulante encontrar un autor de su talla tan discreto, sencillo, humilde, transparente como Serra, gran autor de obra salteada y publicada por pequeñas editoriales, prestigiosas en su pequeñez –Bitzoc, Siruela de cuando aún estaba Jacobo Siruela al fren-te, Olañeta, Tusquets, Cort…- pero a las que resulta difícil alcanzar una difu-sión adecuada a la importancia de los libros que escribió.

Enaltecido por Octavio Paz, Juan Perucho, Pere Gimferrer, Antonio Beneyto, Antonio Serra y otros iniciados en su sabiduría, el “ermitaño de Palma”, sobre-nombre también aportado por Paz que ha trascendido, vive rodeado de libros y conectado a herméticos conocimientos que comparte y traspasa con alegría a poco que se le sepa escuchar.

Qué privilegio poder charlar con este autor tímido y poco dado a la vida social una mañana de julio en Mallorca. Su nombre va de boca a oreja por el mundo entero. Pero su obra, desde hace décadas, queda en petit comité. Sin embar-go, precisamente a él, erudito de veras, no le importa lo más mínimo todo esto, incluso se alegra, así me lo confiesa nada más empezar nuestra conversación laberíntica, mientras hojeamos varios volúmenes de la Biblioteca Parva Cristó-bal Serra, la impresión más reciente de sus escritos, de la que se siente satis-fecho y orgulloso, pues es consciente de que “por algo será que han interesado mis escritos a algunos” y está correctamente editada.

Nos sentamos con los libros enfrente, alineados sobre su secreter, y me los acerca de uno en uno mientras desovilla cuantos misterios le apetece contarme y responde a numerosas preguntas que surgen mientras le sigo escuchando hasta los silencios. Observo sus sutiles correcciones sobre las páginas impre-sas y definitivas, a lápiz y al margen, alguna proposición o coma a su juicio me-jorables –el reconocido crítico literario y novelista mallorquín Antonio Serra me contaría ese mismo día que Cristóbal peca, quizás, de un exceso de perfeccio-nismo- y me confiesa que no escribe, de momento, que ya escribió mucho y se ha tomado un descanso.

Se encuentra débil y prefiere mantenerse así, reflexivo y fresco en casa, aleja-do del bullicio y el calor urbano de esta ciudad tomada por los turistas, y luego bromea mientras enciende una lámpara para que podamos leer más cómodos, pues dice, “como buen mallorquín, en verano, tengo durante el día todas las persianas bajadas”.

Ya se han editado cinco volúmenes de la Biblioteca Parva, se disculpa porque sólo tiene uno de cada, los hojeamos mientras comentamos los retos de las editoriales independientes, la tormenta digital y la crisis literaria de los últimos años. Y entonces baja la cabeza y me tranquiliza, con media sonrisa, pues las crisis y las guerras no son más que ciclos.

Es entonces cuando entro en materia y empiezo a sentirme realmente cómoda en su mundo aparte, cuando aparecen el asno inverosímil y Cotiledonia, Juan Ramón Jiménez, Quevedo y Cirlot que nos entusiasman a ambos, el mar, las mariposas, Walter Benjamin, el humor negro y los laberintos; se levanta en va-rias ocasiones para mostrarme algunos libros más, de autores a los que se re-fiere durante la animada charla, apagamos un libro y encendemos otro, nos detenemos un poco más en el más reciente, el titulado Album Biofotográfico, de su Biblioteca Parva.

Y es que éste contiene una amplia colección de fotografías de su infancia, de familiares y amigos, que invitan de maravilla a hilar unas historias con otras, sus años de estudio y sus inspiraciones, las influencias y el por qué de la escri-tura. Este volumen no se encuentra en las librerías, ni en las más prestigiosas de Palma ni en las de Barcelona, lo he comprobado días después. Cristóbal Serra es escurridizo y escapa a todos los moldes, supera por arriba cuantos encasillamientos se nos pudieran ocurrir, tan modernos nosotros, tan acostum-brados a la ficha simplificadora de las contraportadas al uso. En unas librerías me indican que los volúmenes de la Biblioteca Parva se encuentran en la sec-ción de estudios literarios, en otras en filosofía, incluso en una me preguntan directamente que quién es.

Serra, como para reafirmarse al margen de estos asuntos, prosigue con astro-logía y Blake, los mundos imaginarios que ideó para soslayar la falta de salud que le impidió viajar cuanto hubiera deseado y del brillo luciferino de la mirada de Hitler, tan semejante a la de los murciélagos, seres luciferinos también. Él sabe reconocer muchos rasgos ocultos en los ojos de las personas, de mo-mento le he caído bien. A mí sus ojos me parecen los de un chiquillo ilusionado y al tiempo imponen con profundidad insondable. Claro, estoy ante un sabio y eso no sucede todos los días.

En su producción literaria se encuentran más de una veintena de títulos, así como traducciones de Swift, Blake, Bloy, Melville, Michaux o Papini, recreacio-nes y reinterpretaciones de la Biblia, la participación en grupos como el club de los absurdistas, que surgió en los cuarenta de mano de Camus y al que se apuntó porque establece que los esfuerzos realizados por el ser humano para encontrar el significado absoluto y predeterminado dentro del universo fraca-sarán finalmente debido a que no existe tal significado (al menos en relación al hombre), caracterizándose así por su escepticismo en torno a los principios universales de la existencia. Por ende, el absurdismo propugna que el signifi-cado de la existencia es la creación de un sentido particular, puesto que la vida es insignificante por sí misma, y que la inexistencia de un significado supremo de la vida humana es una situación de regocijo y no de desolación: significa que cada humano es libre para moldear su vida, edificándose su propio porve-nir.

Esta amalgama alquímica que hemos ido descubriendo hasta aquí es Cristóbal Serra, y mucho más que se nos escapará siempre, seguro. Algunos han escrito sobre él con gran pericia y sigue siendo igual de misterioso, nadie revela la película entera. Y sin embargo él mismo ha ido dando cuantas claves ha podi-do para iluminarnos: “He escrito en mi libro autobiográfico “Las líneas de mi vida” que, de los cinco a los diez años, fueron los años más importantes de mi vida, porque el mar me brindó su compañía y gracias a su influjo se abrió mi inteligencia y fui menos tardo de lo que tenía que ser por temperamento. Estoy seguro que las aguas salobres me prestaron cierta “sal”, en el sentido kierke-gardiano”.

Hemos podido leer en varias ocasiones que figura en un lugar de honor entre los escritores que con más justicia merecen el calificativo de raros excelsos, para percibirlo basta con experimentar su obra, capaz de convencer al lector, de una manera exquisitamente irrefutable, de que nos encontramos ante un autor importante.

El libro que me muestra ahora, el volumen Álbum Biofotográfico, también con-tiene las cartas que intercambió con Octavio Paz, Larrea o Arcadi Espada, la entrevista que le hizo Víctor Amela para la Contra de La Vanguardia y que a Serra le encantó por su frescura, algunas cartas más y referencias a compañe-ros de aventuras como Antonio Beneyto, al que nombró mago, visionario y me-tamorfoseador y al que compró su primer cuadro cuando éste iniciaba su carre-ra como pintor, uno en el que aparecían unos peces que, según me cuenta Se-rra, demostraba con gran inteligencia que los peces carecen de necesidades fisiológicas.

Desafortunadamente no podré verlo, pues este cuadro se perdió por cuestio-nes de azar durante una de sus mudanzas, hace ya muchos años, quizás trein-ta y cinco que son los que lleva en esta misma casa de Palma, estaba en una caja que no apareció jamás junto con una biografía de Juan March que ya no se encuentra y algunas otras mermas que no recuerda. “A lo largo de mi vida me ha costado permanecer quieto, he cambiado muchas veces de casa, pero ninguna de mujer”, suspira.

Y ahora aparecen sus tías, posando guapas y cosmopolitas, y a partir de las fotos familiares se anima a relatarme su infancia, tan feliz, pues tuvo la fortuna de criarse con sus abuelos en un entorno amable. Pero en cuanto creció llega-ron las responsabilidades y tuvo que estudiar derecho para complacer a la fa-milia, aunque no le interesaba demasiado, “soy radicalmente pacifista”, y que terminó en el Madrid de la postguerra de una manera azarosa: una vez en la universidad de la capital se encontró con que no le dejaban asistir a clase por no sabe qué cuestiones políticas, pero el profesor decidió atenderle a partir de entonces en casa para preparar el curso y aprobó. Y sonríe de nuevo, pues la vida a veces es así de chistosa.

Y, en los años de la posguerra, Cristóbal Serra escribe Péndulo, que publicará años más tarde, traducido al italiano en la revista “Il Caffè”. El derecho no le interesaba y tras varios trabajos se lanzó a las Letras, se licenció de nuevo, Filosofía y Letras sección Lengua y Literatura Moderna en la Universidad de Valencia, participó en tertulias y conoció a Gertrude Stein y el taoísmo y… sue-nan de pronto las notas armónicas de la amabilidad, el gozo y el sentido de la estética, para interrumpir esta narración biográfica, clara y desmitificadora, y me muestra un bello hipocampo de medio metro, de cuero repujado, que le acaba de regalar un artista mallorquín y que nos observa desde la pared.

Comentamos su pasión por este ser marino, después se interesa por mis ape-llidos y afirma que Bibiloni es de origen judío, que lo sabe de buena tinta de cuando estuvo estudiando documentos clasificados con un colega que investi-gaba el holocausto, pregunta mi fecha de nacimiento y proseguimos hablando de horóscopos, del influjo de los astros. Al poco descubrimos que él nació casi el mismo día que mi hijo mayor. Serra es del 28 de septiembre y tiene la luna, Venus y la luna en su carta astral, y de ahí su carácter acuático. Y también Sa-turno, afirma, “que me dio la melancolía”.

Por eso, quizás, por esos influjos, trabajó a disgusto en los trabajos mundanos (en la hostelería, traduciendo cartas comerciales…) y en cuanto pudo se de-dicó a dar clases de idiomas en secundaria, no menos costosas para su carác-ter pero sí algo más gratificantes.

Nos despedimos porque se ha hecho tarde. Toda admiración es poca. Otra cosa sería intentar explicar los grandes temas que entrañan sus libros, los mundos imaginarios que ha creado y los misterios que nos ha estado brindan-do a lo largo de todos los años de su labor literaria que mantiene tan discreta, pacífico y un poco escondido, quizás simplemente a la espera. Por si desper-tamos.

Bibliografía
• Péndulo (1957). Palma de Mallorca: Atlante. Recogido en Péndulo y otros papeles; traducido al italiano, con un prólogo de Octavio Paz (Ro-ma: Il Caffé, 1961).
• Viaje a Cotiledónea (1965). Barcelona: Tusquets; traducido al catalán (Palma de Mallorca: El Far, 2001).
• Péndulo y otros papeles (1975). Barcelona: Tusquets; traducido al francés (Paris: Du Felin, 1991)
• Antología del humor negro español (1976). Barcelona: Tusquets.
• Ángulos de visión (1979). Barcelona: Tusquets; selección de la obra en prosa de Juan Larrea.
• Itinerario del Apocalipsis (1980). Palma de Mallorca: Intermezzo; reedi-tado en Madrid: Siruela, 2003.
• Diario de signos (1980). Palma de Mallorca: Aucadena; reeditado en Palma de Mallorca: Olañeta, 2001; traducido al francés (Paris: Du Felin, 1991), al servio (Belgrado: Paideia, 2003) y en proceso de traducción al alemán.
• La noche oscura de Jonás (1984). Palma de Mallorca: Aloe; traducida al francés (Cognac: Le temps qu’il fait, 1992).
• Con un solo ojo (1986). Palma de Mallorca: Arxipèlag, prólogo de Pere Gimferrer; traducido al francés (Paris: Du Felin, 1991).
• La soledad esencial (1987). Palma de Mallorca: Consejería de Educa-ción y Cultura del Gobierno de Baleares, antología.
• Retorno a Cotiledonia (1989). Palma de Mallorca: La Vía Insólita.
• Pequeño diccionario de Wiklliam Blake (1992). Palma de Mallorca: Ola-ñeta; reeditado en 2001.
• La linterna del ojo (1993). Palma de Mallorca: Bitzoc; volumen mono-gráfico, con textos de Basilio Baltasar, José Carlos Llop, Luis Miguel Fernández Ripoll, Carlos Garrido, José María Forteza, Juan Bonet, Oc-tavio Paz, Carlos Edmundo de Ory, Juan Larrea y Cristóbal Serra.
• Augurio Hipocampo (1994). Palma de Mallorca: Olañeta; reeditado en 2001; traducido al francés (Olimpio, 2002)
• Biblioteca parva (1996). Incluido en Ars Quimérica.
• Ars Quimérica. Obra completa 1957-1996 (1996). Palma de Mallorca: Bitzoc; reeditada en Barcelona: Círculo de Lectores, 1996.
• Nótulas (1999). Madrid: Ardora; traducida al francés (Revue de Deux Mondes, marzo de 2003) y al alemán (Munich: Atzente, 2002).
• Visiones de Catalina de Dülmen (2000). Zaragoza: Prames.
• Las líneas de mi vida (2000). Palma de Mallorca: Bitzoc.
• Poemas péndulos (2000). Palma de Mallorca: Fundación Aca, Consejo Insular de Mallorca, selección de textos leídos por el autor.
• Efígies (2002). Barcelona: Tusquets.
• El asno inverosímil (2002). Palma de Mallorca: Bitzoc
• Curolla del mallorquìn dadá, (2006) con la colaboración de Matias Tugo-res y dibujos de Pere Joan, Palma de Mallorca – Olañeta Editor.
• Vauvenargues, obra selecta, (2007) con la colaboración de Joaquí Juncá y de Matias Tugores, Palma de Mallorca – Ediciones Cort.

Una mañana con Cristóbal Serra

Por último, Edicions Cort presenta la colección completa Biblioteca Parva de Cristóbal Serra, con cinco títulos del autor: El canon privado de Cristóbal Serra, Viaje a Cotiledonia & Retorno a Cotiledonia, El asno inverosímil, Abecé de Mi-crologías, Péndulo y otros papeles, Albúm biofotográfico. Los otros volúmenes son traducciones del escritor: Tao Te King (El libro del medio) de Lao-Tse y Poemas y prosas, Diccionario de símbolos y fuentes de William Blake.

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